lunes, 22 de julio de 2013

Bittersweet Cap1

Los personajes de Naruto no me pertenecen, ya saben… son de Masashi Kishimoto…

<<Éste capitulo lo escribí junto con Rioko001>>
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BITTERSWEET REVENGE
By Tsukisaku
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El Juego del Destino
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 El mes de septiembre estaba llegando a su final, así como los débiles rayos solares que aún se asomaban entre algunas nubes. El cielo comenzaba a tornarse de un color grisáceo y algunos pequeños destellos de luz se dejaban entrever en el horizonte. Toda persona que le echaba un vistazo al cielo, podía deducir que una fuerte tormenta se acercaba a la ciudad de Tokio; no importaba que el reloj marcara las dos de la tarde, ni que hubiese mucha gente en la calle, el viento ya soplaba por todos los rincones, anunciando que las gotas de lluvia se harían presentes.

En una de las transitadas avenidas del centro, una mujer se movía con rapidez, evitando a toda costa chocar con alguna persona u objeto que se cruzara en su camino. Las primeras gotas de lluvia se hicieron presentes y un débil gemido escapó de su boca, detestaba mojarse, pero sobre todo odiaba el hecho de que esa misma mañana había olvidado el impermeable y la sombrilla en casa. Llevó sus pequeñas y pálidas manos al gorro de su chamarra y se lo colocó en la cabeza para evitar que su cabello se mojara. Apretó su bolso sobre su pecho y le echó una rápida ojeada al cielo, antes de proseguir con su caminata.


Por favor Kami, que no llueva tan fuerte, siquiera hasta que llegue a Rakuen. Imploró una y otra vez en su mente.

Se detuvo en la esquina de una calle para esperar que el semáforo cambiara de color y pudiese cruzar. La lluvia comenzó a caer con un poco más de fuerza y maldijo una vez más, aún le faltaban cinco manzanas para llegar a su destino y estaba totalmente segura de que, si continuaba cayendo el agua con más fuerza, llegaría completamente mojada.

Dio un par de golpeteos más al piso con el pie derecho, antes de que el semáforo cambiara su color. Apresuró el paso y prosiguió maldiciendo el mal clima, en tanto se recordaba una y otra vez que debía guardar el impermeable en su bolso en cuanto llegara a casa. Avanzó dos calles más y la lluvia arreció con más fuerza, pero esta vez, se escuchaban de fondo los fuertes relámpagos. Pegó un pequeño brinco al escuchar uno de ellos, odiaba las tormentas y odiaba los truenos. Se limpió el rostro con una de sus manos, pues el agua se filtraba a sus ojos y le impedía una vista limpia.

Estaba por llegar a la última calle que debía cruzar, cuando la puerta de uno de los edificios se abrió de golpe y logró que la mujer se estrellara contra la superficie de cristal e inevitablemente diera de lleno en el piso mojado. Apretó los dientes y rápidamente se puso de pie, se giró para gritarle un par de cosas a la persona desconsiderada que provocó que su pantalón terminara manchado de lodo, y lo único que alcanzó a ver fue a un hombre de cabellos azabaches que se acomodaba en la parte trasera de un lujoso automóvil color negro.

—Maldito —masculló antes de proseguir con su caminata, y de que la tormenta empeorara.

Un par de minutos después, se detuvo frente a la puerta de un local e inmediatamente empujó la superficie de cristal para poder entrar. La calidez del lugar la inundó y se relajó un poco, le dio una rápida ojeada al sitio y lo halló casi vacío.

Rakuen era una especie de bar-cafetería con bastante demanda, en ese local se servían los mejores cafés y postres de –prácticamente– toda la ciudad. Claro que también tenían una barra especial de vinos selectos y otras bebidas que acostumbraban consumir los ejecutivos, tales como el whisky.

—Se te olvido nuevamente la sombrilla, ¿no? —le aseguró con diversión una rubia que se hallaba del otro lado del mostrador, a la mujer que acababa de ingresar a la cafetería.

—¿Se nota mucho? —preguntó con sarcasmo, al tiempo en que se quitaba su chamarra mojada. Caminó hacía la pequeña puerta de madera que se hallaba a la derecha del mostrador y se metió rápidamente para colocarse su uniforme, el cual consistía en un pantalón de vestir negro y una polera beige con el pequeño logo de Rakuen.

En cuanto se vio con ropa seca, soltó un pequeño suspiro, dejó su ropa en uno de los percheros y guardó su bolso en su taquilla. Tomó una liga para su cabello y caminó al baño para observar su reflejo en el espejo. En cuanto vio su rostro, se dio cuenta de que tenía una pequeña mancha de tierra en la mejilla derecha.

—Maldito clima —bufó al tiempo en que se limpiaba con un pedazo de papel húmedo. Una vez que su rostro quedó libre de tierra, tomó su cabello, el cual –extrañamente– era de un tono rosado pálido, y lo acomodó en una coleta, dejando un par de mechones libres caer sobre su rostro.

Salió del cuarto de baño y se precipitó al mostrador para iniciar su turno laboral. Había comenzado a trabajar hacía poco más de un año, cuando se encontraba en el último año de la preparatoria, ya que sus necesidades económicas así lo requerían. Estaba cansada de ver como su madre trabajaba de noche y hacía horas extras, con tal de brindarle todo lo que necesitaba.

Así que, pese a que su mamá se negó en un principio, terminó accediendo al ver la gran determinación de su hija.

—Odio la lluvia —masculló al tiempo en que recargaba sus codos sobre la barra, observó de soslayo a través de las puertas de cristal y corroboró lo fuerte que caía el agua.

—Sobre todo cuando olvidas cargar el impermeable —comentó la rubia entre risas. La joven de cabellos rosados la fulminó con la mirada, pero únicamente logró que la rubia estallara en carcajadas—. ¡Está bien, dejaré de burlarme, frentona! —comentó luego de un par de segundos.

Ambas jóvenes se conocían desde preescolar, ya que sus casas estaban una al lado de la otra. Por lo tanto, desde el instante en el que se vieron, Ino Yamanaka y Sakura Haruno, pasaron de ser vecinas a mejores amigas.

—¿Y qué tal ha estado el lugar? —preguntó cambiando de tema.

—Muerto —respondió instantáneamente—. Lo bueno es que logré terminar de leer el libro de mi clase de literatura.

La joven de ojos jades observó a su amiga y sonrió.

—Pues si quieres que te sirva de algo, será mejor que te vayas ahora o no llegarás a tu clase.

Ino observó rápidamente su reloj de mano y se dio cuenta de que, efectivamente, ya se le estaba haciendo un poco tarde. Murmuró un par de cosas y se giró para encaminarse al pequeño cuarto de empleados para cambiar su uniforme por su ropa.

Sakura la observó y sonrió. Una vez que se vio sola nuevamente, soltó un pequeño suspiro y paseó su mirada por el lugar. Únicamente había una pareja al fondo del lugar, la cual conversaba fluidamente y con un par de tazas frente a ellos.
—Me voy —le dijo Ino al tiempo en que se colocaba su abrigo y tomaba su sombrilla—, nos veremos mañana.

—Cuídate —respondió mientras la rubia salía por la puerta, logrando que la fría brisa ingresara al lugar.

Sakura continuó observando la lluvia unos minutos más, en tanto su mente divagaba sobre algunos temas en particular.

—o—o—o—

Apenas acababa de arribar al aeropuerto de Tokio cuando su teléfono celular sonó. Era de la empresa, necesitaban saber si ya había llegado, pues era necesaria su presencia lo más pronto posible. Suspiró con fastidiada resignación y se encaminó a la salida. Luego de interminables horas en avión desde Inglaterra, había albergado la esperanza de poder ir directamente a su amplio y lujoso apartamento recién adquirido en la ciudad y descansar todo lo que pudiera para poder presentarse hasta el día siguiente en la oficina.

Bueno, su plan se había ido a la mierda, pero así era la vida de los ejecutivos. Y más tomando en cuenta que la sucursal, desde hoy, quedaría completamente a su cargo.

Echó una rápida mirada al cielo al salir del aeropuerto, antes de subir al carísimo automóvil negro que había ido a recogerlo, y notó que el cielo comenzaba a atiborrarse poco a poco por espesas nubes grisáceas. Dentro de un par de horas seguro habría una buena tormenta.  Sonrió para sí mismo antes de acomodarse en el asiento trasero del auto, mientras el chofer sostenía la puerta para que entrara al vehículo.

Le gustaba la lluvia –si ésta no lo mojaba, claro–, pues extrañamente le transmitía una peculiar y efímera sensación de paz.

Mientras el coche se movía con fluidez por las atestadas calles de la gran capital de Japón, el pelinegro se dedicó a mirar distraídamente por la ventanilla, con aire ausente. Hace tantos años que no pisaba la tierra de su país natal, que ya casi ni lo consideraba como tal.

Cuando estaba pequeño, él y su familia se habían mudado a Europa, precisamente a Inglaterra. Todo había transcurrido con la mayor normalidad posible para ellos en aquel país lejano, pero en el último año su padre, Fugaku, había caído terriblemente enfermo y ahora le era casi imposible manejar el negocio familiar. Justamente por ello estaba de vuelta en Japón, luego de tantos años de ausencia, puesto que anteriormente no tenía sentido para él volver a ese país. De hecho, no planeaba regresar.

Su hermano mayor se había quedado en Inglaterra para manejar la empresa desde allá, sin embargo, era imprescindible la presencia de uno de ellos en la sucursal de Japón para llevar por buen camino las inversiones, así que no le había quedado más remedio que presentarse él mismo. Aunque no había sido de su entero agrado la noticia de que tenía que volver al país que lo vio nacer, pronto se hizo a la idea y ahora no lo molestaba en lo más mínimo, de todas formas no había mucho que lo atara a Inglaterra ni a ningún otro lugar. Además, luego de pensar en el asunto unos días, había concluido que dicho viaje no le vendría tan mal después de todo… Ahora que estaba en Japón, aprovecharía para llevar a cabo ciertos asuntos que tenía pendientes y que deseaba poder resolver, los cuales nada tenían que ver con la empresa de su familia. Se trataba de algo mucho más personal.

Desde antes de llegar al país, se había puesto en contacto con un investigador privado, el cual esperaba que le proporcionase toda la información que necesitaba para lo que tenía pensado hacer en el menor tiempo posible.

Una de las comisuras de sus labios se alzó tenuemente, en una sonrisa de autosuficiencia que no pudo evitar. Estaba realmente ansioso por concluir aquel asunto en específico, y lo emocionaba a niveles inimaginables sentirse tan cercano a su objetivo.

Unas horas más tarde, la improvisada reunión a la que se había visto obligado a asistir llegó a su término. Se sintió aliviado al saber que, por el momento, no era preciso que se quedara en la empresa y podía regresar hasta el día siguiente, aunque ya era bastante tarde. Caminó con su usual elegancia y seguridad por los pasillos, rumbo a la salida del edificio, arrancando mal disimulados suspiros de todas las mujeres que laboraban ahí y que alcanzaban a verlo, seguido de cerca de su mejor amigo, el cual –para su disgusto– no paraba de hablar aunque él tratara de ignorarlo.

—¿Eres un viejo senil o qué, Sasuke? No seas aguafiestas y vamos a tomar algo por ahí. ¡Hace mucho que no nos vemos!

El menor de los Uchiha torció el gesto con fastidio, ya estaba cansado de la tenaz insistencia de Naruto y no tenía las energías suficientes para discutir con él. El Uzumaki era una de las pocas personas a las cuales apreciaba, pero en serio en muchas ocasiones llegaba a hartarlo. Aunque en algo sí tenía razón el de cabellos rubios; hace mucho tiempo que no se veían personalmente. Naruto y él se conocían desde la universidad, ya que Naruto había ido a estudiar a Inglaterra, pero a pesar que el rubio había vuelto a Japón al finalizar su carrera y de que estaban en países diferentes, mantenían el contacto. Luego de acabar sus estudios, Naruto había comenzado a trabajar para los Uchiha en Japón y pronto se había ganado un magnífico puesto en la empresa por su trabajo duro y buena disposición, entonces había viajado en numerosas ocasiones a Inglaterra como representante de la sucursal Japonesa ante Fugaku, aprovechando siempre para visitar a su mejor amigo, molestarlo un rato y ponerse al corriente de sus vidas mutuamente.

El hombre de alborotados cabellos rubios seguía con su perorata mientras se aproximaban a la salida, Sasuke sintió cuanto había descendido la temperatura y escuchó el familiar sonido de las gruesas gotas de lluvia chocando contra el pavimento.

—Ya sé, ¿Qué tal un poco de café? Conozco un lugar excelente, además creo que necesitas un poco de cafeína… pareces un muerto andante, dattebayo —rió el de ojos azules.

Sasuke lo reconsideró, tomar una buena taza de aquella oscura bebida no sonada nada mal, tomando en cuenta su somnolencia y el frío que seguramente estaría haciendo afuera.

Pero, pensándolo bien, prefería ir a dormir.

—Tal vez mañana, estoy cansado —rechazó tajantemente el Uchiha.

—Amargado —lo acusó con un mohín—. En fin, mañana iremos. No te librarás de mí, teme.

Soltando un bufido como única respuesta, Sasuke abrió la puerta bruscamente, ya que tenía que apresurarse para no mojar demasiado su costoso traje, y salió del lugar dejando atrás a Naruto e ignorando a la persona a la que, accidentalmente, había hecho caer cuando había salido. Se acomodó en el asiento trasero a la vez que el chofer cerraba la puerta del vehículo y echaba una corta carrera para subirse al mismo y comenzar a conducir. El Uchiha volteó hacia su derecha, sin pensar, sólo para alcanzar a ver como la chica se levantaba rápidamente del suelo y seguía con su camino. El automóvil comenzó a moverse. No tuvo la oportunidad de verle el rostro, pues ella iba cubierta por el gorro de su chamarra.

Bueno, no es que le importara quien era, sólo había sentido curiosidad.

Unos segundos después, un mensaje llegó al buzón de su celular. Era de Naruto.

«Que odioso eres, bastardo, al menos te hubieras disculpado con ella» decía el mensaje del rubio. Sasuke puso los ojos en blanco con indiferencia.

No se molestó en contestarle y guardó el teléfono móvil en el bolsillo de su pantalón. Pronto llegaron al nuevo apartamento del joven Uchiha y él pudo ir a descansar luego de ese ajetreado día. Tomó una rápida ducha caliente para relajarse. Se colocó el pijama y se tumbó sobre su mullida cama, el terrible agotamiento del que sufría su cuerpo no le permitió quedarse despierto durante mucho tiempo.

—o—o—o—

En cuanto Sakura cerró la puerta de su hogar, soltó un gran suspiro. Se quitó la chamarra mojada y la colgó sobre el perchero que se hallaba a un costado de la entrada principal, encendió la luz y observó el lugar como acto reflejo. Su casa no era muy grande, pero tampoco podía quejarse; tenía lo justo para subsistir y eso le alegraba.

Tenía una pequeña sala del lado derecho, los dos sofás lucían algo desgastados, pero eran suaves y cómodos. Frente a ellos, cerca de una de las ventanas que daba a la calle, reposaba un mueble con un televisor y un reproductor de películas. Del lado izquierdo se hallaba la cocina y un pequeño comedor, el cual únicamente tenía un muro a modo de división. Y al fondo del pasillo principal se encontraban tres puertas, las cuales eran las habitaciones y el baño.

Sakura pasó de largo hasta su recamara y cerró la puerta tras ella. Dejó su bolso sobre la silla que estaba a un costado de la puerta y comenzó a quitarse la ropa mientras caminaba hasta su cama y encendía la pequeña lámpara que estaba a un costado de la misma. Una cama individual, una lámpara, una silla, un armario y una pequeña repisa con espejo, era todo lo que formaba su espacio personal.

Dejó la ropa sobre la cama y caminó al armario para tomar su toalla, una muda de ropa interior, y su pijama. Ansiaba darse un baño con agua muy caliente para poder relajar su cuerpo y así dormir tranquilamente. Tomó la ropa húmeda con su mano libre y salió de su habitación para meterse al cuarto de baño. Dejó la ropa sucia dentro del cesto y la limpia sobre el pequeño taburete, abrió el grifo y esperó unos segundos a que el agua se templara para poder entrar.

En cuanto el caliente líquido chocó con su cuerpo, sintió una pequeña sensación de placer. Estiró y relajó todos sus músculos, para poder pasar una mejor noche de sueño, aunque tomando en cuenta su ajetreada vida, no dudaba que Morfeo la tomaría en brazos inmediatamente. Mientras enjabonaba su cuerpo, repasó en su mente lo que debía hacer en cuanto saliera de la ducha. Cenar algo ligero, prepararle algo a su madre y dejarlo en el horno, encender la luz de la entrada y apagar la de la sala… y por último, arreglar sus cosas para la universidad. Actualmente cursaba el primer semestre de Publicidad; con sus escasos diecisiete años,  había logrado adelantar un año y obtener una beca para ingresar a una de las mejores universidades de todo Tokio.

Estaba muy orgullosa de sí misma, no veía la hora de terminar la carrera y comenzar a laborar en alguna importante firma publicitaria, y así poder sacar a su madre de trabajar. La quería demasiado como para continuar viéndola desvelarse por su bienestar.

Sabía que su madre no era del todo feliz, sobre todo, cuando en ocasiones la escuchaba sollozar. Imaginaba que era por su padre, –al cual Sakura nunca conoció–, sabía que lo extrañaba y quizá también, a la buena vida que llevaban antes de que él… falleciera. Por eso mismo, esperaba salir adelante y así recompensar a su madre por todos los sacrificios realizados.

Después de todo, era lo menos que podía hacer por la mujer que le dio la vida y que siempre ha estado ahí para ella.

—o—o—o—

Observó el reloj una vez más y se dio cuenta de que ya casi era hora de su salida, faltaban veinte minutos para las nueve de la noche y estaba ansiosa por llegar a su casa, para poder ver a su madre, la cual no tenía turno nocturno. Esbozó una sonrisa y se dedicó a limpiar la barra, lo mejor de todo es que ya había dejado de llover, así que no se mojaría de camino a su casa.

Su viernes había sido demasiado bueno, realmente no tenía queja alguna. Sus clases estuvieron perfectas, y lo mejor de todo es que no mojó su ropa, ya que esta vez no había olvidado el impermeable. Y no tenía que salir tarde, porque Kiba cerraba esa noche.

Terminó de limpiar la barra y lavó el trapo en la tarja. Mientras hacía eso, escuchó como la puerta se abría y la fría brisa ingresaba, inmediatamente una voz llegó a sus oídos.

Tú siempre tan amargado, ¡dattebayo!

Sakura terminó de lavar el trapo, cerró el grifo y se giró para atender a sus clientes. Secó sus manos con su pequeño delantal y posó la mirada sobre los sujetos que acababan de ingresar. No los podía ver bien, ya que estaban en uno de los rincones del local, pero sí veía que eran un par de hombres. Estaba por encaminarse cuando Kiba la interceptó y le indicó que él se encargaría, aceptó encantada y sonrió nuevamente.

Sí, definitivamente su noche avanzaba muy bien.

Varios minutos más tarde, Kiba le avisó a Sakura que saldría un momento para sacar la basura. Ella asintió con una amable sonrisa mientras el chico se encaminaba a la cocina. La muchacha observó el reloj una vez más, faltaban ya pocos minutos  para que su turno finalizara y pudiera regresar a casa, eso la ponía de muy buen humor.

Se percató de que uno de los hombres que habían entrado al local hace unos minutos le hacía señas con la mano para que se acercara a ellos. Era un chico rubio.

Sakura salió del mostrador y caminó hacia ellos, dándose cuenta que, antes de llegar, el chico que la había llamado le decía algo a su compañero y se levantaba para ir al baño.

—Buenas noches, ¿En qué puedo…?

—Tráeme otro café expresso —la interrumpió el chico que estaba en la mesa, sin mirarla ni un momento.

La joven torció el gesto ligeramente, sintiéndose algo molesta por lo cortante que era el chico. Debía admitir que ese pelinegro era increíblemente atractivo, pero su frialdad resultaba frustrante. Ella se recompuso y mostró su mejor sonrisa, no dejaría que algo tan simple arruinara su perfecta noche y tenía la esperanza de que él suavizara aunque sea un poco su actitud con ella. Le dio una rápida mirada a todo el cuerpo del muchacho de cabello negro, mientras él se ocupaba de leer unos papeles.

De todas formas, el chico no estaba mal… nada mal.

Sakura se sonrojó de repente, regañándose a sí misma por los pervertidos pensamientos que comenzaban a ocupar su mente.

—El clima ha mejorado bastante, ¿No cree? —le dijo ella mientras retiraba las tazas vacías que había en la mesa, tratando de sacarle algo de plática.

Él no contestó.

Sakura empezaba a impacientarse, quería que la mirara al menos una vez.

—¿Quiere algo más con su café?

—No, sólo eso —negó él, sin apartar su mirada de los documentos que leía.

Ella suspiró silenciosamente. Al menos le había sacado un par de palabras ¿no? Su voz era realmente hermosa, sexy y masculina, quizá sería aun mejor si no la empleara con ese tono tan… insensible. Hasta ese momento Sakura se dio cuenta de lo rápido que latía su corazón, sintió que sus manos sudaban, estaba sumamente nerviosa. Nunca le había atraído tanto un chico, este realmente le gustaba y sentía la imperiosa necesidad de captar algo de su atención.

¡Pero ni siquiera la miraba!

—¿Es de por aquí? Nunca antes lo había visto —insistió, sintiéndose cada vez más nerviosa.

Cuando estaba pensando en qué más decirle, ya que no parecía querer contestar a eso tampoco, el de cabello azabache clavó su oscura mirada sobre ella por primera vez. Sakura se estremeció por completo.

—¿Tanto te cuesta entender que quiero un café? No tengo toda la noche y, ciertamente, no podría interesarme menos entablar una inútil plática contigo —espetó ácidamente.

Sakura se sintió verdaderamente dolida e impactada por el cruel rechazo, mas pronto su depresión se transformó en indignación.

¿Cómo se atrevía a tratarla de esa forma? ¡Qué tipo tan detestable! No podía creer que alguien tan lindo resultara ser tan grosero y borde. Vaya decepción, justo cuando un chico había despertado su interés verdaderamente.

—En seguida le traigo su café —le contestó Sakura, intentando no gruñirle.

Cuando le llevó su dichoso café, el chico rubio ya estaba de vuelta en la mesa. Sakura dejó la taza frente al muchacho de ojos negros sin decir una sola palabra y se fue a la barra todavía con el ceño fruncido, deseando que se quemara su bonita boca con su amado y asqueroso café por haberle amargado la noche.

—o—o—o—

Unos suaves golpes sonaron del otro lado de la sólida puerta de caoba, distrayéndolo un momento. Sasuke apartó la mirada del monitor de su computadora e hizo pasar a la persona que tocaba su puerta, una mujer mayor ingresó en la oficina para entregarle un sobre bastante grande.

—Un hombre vino a dejarlo diciendo que era para usted, Uchiha-sama.

—Gracias, puedes retirarte.

Ella hizo una leve reverencia antes de salir y dejarlo a solas nuevamente.

Sasuke examinó el sobre con atención, sus ojos se agrandaron con emoción al ver que se lo había enviado el detective privado que había contratado. Lo abrió con impaciencia, esperando que realmente valiera la pena y, si era así, debía aceptar que el hombre había resultado ser sorprendentemente eficaz. Del interior del sobre sacó un par de papeles.

Una de las comisuras de sus labios se elevó sutilmente, formando una sonrisa de suficiencia mientras leía esa información que tanto había ansiado tener. Había localizado a su madre, luego de tantos años.

Uno de los documentos llamó particularmente su atención.

—Así que tiene una hija —murmuró fríamente, observando la fotografía de la joven en cuestión.

Era una chica bastante joven y, evidentemente, no se parecía en nada a él y a Itachi. Además, se le hacía conocida… Su sonrisa se ensanchó al recordar dónde la había visto antes. No era ni más ni menos que aquella molesta mesera del bar-cafetería Rakuen.

—¿Sakura Haruno, eh?… Interesante coincidencia —bisbisó, sonriendo ladinamente.

Su sangre parecía hervir de la emoción, corriendo frenéticamente por sus venas.

Finalmente saborearía su venganza. Y, lo mejor de todo, es que ya sabía exactamente qué hacer.

Le daría a Mikoto donde más le dolería.

Continuará…
¡Hola!
¿Qué les pareció?
Espero que me dejen sus comentarios, ya saben que es el único pago por escribir.
Nos estamos leyendo.
¡Sayo!
Tsukisaku

 <--- PRÓLOGO          CAPITULO 2--->

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