lunes, 22 de julio de 2013

Bittersweet Prólogo

Los personajes de Naruto no me pertenecen, ya saben… son de Masashi Kishimoto…

El fic es un Incesto, aviso para que no se sorprendan.

<<Éste capitulo lo escribí junto con Rioko001>>
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BITTERSWEET REVENGE
By Tsukisaku
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PRÓLOGO
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Lo que para cualquier otra persona sería un día completamente normal, para la familia Uchiha sería imposible de olvidar, o por lo menos para los mayores, quedaría grabado a fuego en sus memorias. Esa mañana sus caminos tomarían rumbos distintos, y, al parecer, no había manera alguna de evitarlo. El daño resultaba irreparable y la decisión estaba ya tomada. No había vuelta atrás.
El invierno azotaba sin misericordia a los habitantes de la gran ciudad de Tokio en aquel entonces. Un par de horas antes de que el alba despuntara en el horizonte y la luz solar irradiase algo de su calidez sobre las desoladas calles cubiertas de nieve, una mujer, de largos cabellos azabaches y poseedora de una singular belleza, salió de una de las viviendas más lujosas del barrio, arrastrando consigo una maleta. El frío aire de la madrugada le calaba hasta los huesos, estaba agotada tanto física como mentalmente, su mortecina palidez y las sombras oscuras bajo sus ojos eran prueba de ello.

Con manos temblorosas, enjugó lo mejor que pudo las gruesas lágrimas que humedecían sus níveas mejillas y, reuniendo el poco valor que le quedaba, se aventuró a dirigir su mirada hacia esa casa que estaba dejando atrás.
Sería la última vez que la vería, probablemente.
Percibió como sus obres se llenaban de nuevas lágrimas al verlo a él en una de las ventanas del segundo piso. Sintió como su corazón latía desbocado en el interior de su pecho y como si un nudo le cerrase la garganta. Los ojos negros de él la observaban de una forma tan penetrante, con tanto resentimiento, que sentía como si cada segundo que su acusadora mirada seguía posándose sobre ella una parte de su alma se desprendía de su cuerpo. Nunca pensó que su desprecio pudiese lastimarla tanto. En verdad le dolía, dolía mucho.
La noche anterior habían discutido como nunca antes y, como consecuencia, la había echado de la casa y de su vida para siempre. ¿Por qué? Simple… Él se había enterado, de alguna manera, de algo que no debía saber, algo que ella había hecho, y de lo que se arrepentiría durante el resto de sus días.
Y, ahora, resguardada por el manto de tinieblas que aún cubría la ciudad, se veía obligada a abandonar, como si de un vulgar ladrón se tratase, ese lugar al que hasta hace tan poco había considerado su hogar y, aún más importante; su familia. Todo por un error que fácilmente pudo evitarse.
Apretó los labios con frustración, hasta que estos formaron una delgada línea, tratando de contener el deseo de llorar ahí mismo, el cual era cada vez más fuerte.
Lo que más le dolía era haber dejado a sus hijos sin tener la oportunidad de despedirse, además, llevarlos con ella le era imposible por muchas razones ajenas a su voluntad.
Dedicándole una última mirada de rencor, Fugaku cerró las cortinas en un movimiento casi violento. Mikoto lo entendió perfectamente; él no se retractaría de sus palabras, por ningún motivo.
Sabía que, luego de eso, no volvería a verlo. No podía.
La mujer de obres ónice sollozó y se obligó a sí misma a continuar con su camino. Lo que le esperaba a partir de ahora resultaba incierto, no sabía exactamente a donde ir, y mucho menos qué iba a hacer de ahora en adelante ni cómo iba a mantenerse. Además, aún existía algo que ella ignoraba, y que quizá le brindaría las fuerzas suficientes para subsistir.
—o—o—
Despertó forzadamente cuando los rayos solares le dieron de lleno en el rostro. Abrió con pereza los ojos y, al ver la hora en el reloj que se hallaba en la mesita de noche a un lado de la cama, le pareció en sumo extraño que su madre no lo hubiera levantado más temprano para desayunar todos juntos, tal y como acostumbraba a hacer la familia cada mañana.
Intrigado por tal hecho, el pequeño se dispuso a buscarla por toda la casa, sin éxito. Toda la residencia era ocupada por un completo y peculiar silencio.
Al llegar a la sala de estar, se encontró con su padre. Lo desconcertó el que Fugaku estuviese desparramado sobre el sofá, mirando el techo como si tal no existiese nada más en el mundo, con expresión ausente. El niño frunció débilmente el ceño, algo preocupado. No entendía qué pasaba ni tenía idea de por qué su padre se hallaba en ese estado tan poco usual en alguien como él.
—Otō-san —lo llamó, dubitativo. El aludido, percatándose apenas de la presencia del menor, le dirigió una lánguida y cansada mirada—, ¿Dónde está okā-san? —inquirió quedamente, sintiéndose incómodo por la forma en la que el adulto se comportaba. Nunca lo había visto así.
Fugaku no contestó enseguida, de hecho, no sabía qué decirle.
Volvió la vista al techo y tragó con cierta dificultad, para luego cerrar los ojos con pesadez. No había dormido absolutamente nada la noche anterior.
—Tu madre… nos ha abandonado, Sasuke.
Para el más joven de los Uchiha, el oír esa respuesta fue como si el mundo se le comenzara a derrumbar encima.
¿Había acaso escuchado bien?, ¿De verdad no volvería a ver a su madre?
—¡Mientes! —gritó casi automáticamente al tiempo en que unas finas lágrimas se formaban en sus pequeños ojos. La fría e intimidante mirada de Fugaku se posó sobre su hijo menor por unos segundos.
—Será mejor que te graves muy bien lo que te voy a decir —le dijo con un tono de voz que helaría a cualquiera, el pequeño tan solo lo observó sin saber que decir—; Mikoto no nos quiere, jamás lo hizo y nunca volverás a verla.
Y entonces sí, su mundo se derrumbó por completo.
—o—o—
El frío viento movió sus azabaches cabellos, logrando mover los pequeños copos blancos que lo cubrían al mismo tiempo. Tan solo eran las diez de la mañana y la nieve ya caía con gran fuerza sobre la ciudad; el mayor de los Uchiha le dedicó un último vistazo a su casa antes de acomodarse dentro de la camioneta color negro que lo estaba esperando.  En cuanto se acomodó en el interior del vehículo, el tibio aire de la calefacción golpeó sus sentidos, logrando derretir la nieve que –aún- reposaba sobre su cabello. Pero pese a sentir un poco de calor sobre sus mejillas, su corazón se encontraba helado, tanto como la nieve que caía en el exterior.
En el momento en el que su hermano menor le comunicó la noticia, no supo que decir ni que pensar. En un principio pensó que todo era un mal entendido o alguna clase de exageración por parte de su padre, pero al observar el estado de Fugaku supo que lo que Sasuke le había dicho era cierto.
¿Cómo era posible que su madre los hubiese abandonado?
Y él que siempre pensó que Mikoto era una mujer ejemplar, dulce, tierna y digna de todo el respeto del mundo.
Pero lo que más le dolía, era el ver a su pequeño hermano derrumbado. No lograba asimilar como una madre era capaz de abandonar a un niño, de apenas seis años, sin piedad alguna. Tenía demasiadas dudas, ¿Y qué tal si las cosas no eran como parecían?
Sentía demasiadas ganas de saber toda la verdad, de hablar con su madre y escuchar por su propia boca la realidad, pero sabía que Fugaku no lo permitiría. Únicamente le quedaba confiar en que lograría descubrir lo que pasaba, tarde o temprano.
La camioneta negra comenzó a moverse y cerró los ojos; el momento había llegado y ya no existía vuelta atrás. En ese momento recordó la pequeña conversación que había sostenido con Fugaku dos días atrás.
—¿Inglaterra? —preguntó atónito.
—Es lo mejor, así Sasuke no la tendrá tan presente todos los días —respondió Fugaku al tiempo en que guardaba unos documentos en el interior de una carpeta—. Para todos será de gran ayuda un cambio.
—¿Y qué pasará con la empresa? —inquirió.
—Todo está arreglado, Itachi.
Decidió no preguntar más, después de todo sabía que su padre tenía razón en algo; si se marchaban de ese lugar, el pequeño Sasuke podría olvidar y seguir con su vida.
Observó de soslayo a su hermano, el cual tenía la vista fija en sus pequeñas y pálidas manos, y sintió como se le oprimía el corazón. Levantó la mano izquierda y la posó sobre la pequeña cabecita de Sasuke, al instante el Uchiha menor levantó la vista hacía su derecha para encontrarse con una suave y cálida sonrisa de Itachi.
—Todo estará bien —murmuró. Prometiéndose mentalmente hacer todo lo humanamente posible para que eso fuese verdad—. Lo prometo.
El pequeño Sasuke asintió y regresó la vista a sus manos, esperaba que las palabras de su hermano mayor se cumplieran.
—o—o—
La nieve había dejado de caer con tanta intensidad, aún soplaba fuertemente el viento, pero no era nada que no pudiese soportar. Observó una vez más su pequeño reloj de mano, eran las doce del día. Sabía que debía apresurarse si no quería tener un nuevo enfrentamiento desagradable con Fugaku.
Luego de un par de metros más, llegó a esa casa que hasta hace un par de días había sido suya. Su corazón se aceleró y los ojos se le llenaron de lágrimas, tomó una gran bocanada de aire y se obligó a caminar hasta la entrada. Estaba realmente ansiosa por ver a sus hijos, para explicarles lo que estaba pasando y el motivo por el cual ya no los vería más.
Llevó su temblorosa mano hasta el pequeño botón del timbre y lo presionó con los nervios a flor de piel. Una fuerte ráfaga de viento le provocó escalofríos y un leve mareo, cerró los ojos y se abrazó a sí misma para tranquilizarse.
—¿Mikoto-san? —la voz de una mujer de edad avanzada logró que abriera sus ojos de golpe.
—Chiyo —murmuró con alivio—. Necesito ver a mis hijos —pidió con lágrimas acumulándose en sus ojos. La mujer frente a ella frunció levemente el ceño y sintió pena y tristeza por ella.
—Lo siento mucho, Mikoto-san —comenzó lentamente—. Pero ellos ya no viven más aquí.
Una nueva ráfaga de viento la golpeó; cerró sus ojos para evitar que las lágrimas salieran de ellos, pero era imposible. Sentía como su corazón aceleraba su paso; había llegado tarde, sus hijos ya no estaban, y estaba segura de que no los volvería a ver en mucho tiempo.
—¿Mikoto-san?, ¿Se encuentra bien? —la voz comenzó a hacerse más lejana para ella. Sus dientes comenzaron a chocar entre sí, en parte por el frío y en parte por la crisis nerviosa en la que comenzaba a entrar. Trató de abrir los ojos, pero estos se negaban a abrirse, sentía como si todo su cuerpo se hundiera en un pozo profundo, y entonces todo se volvió completamente oscuro.
—o—o—
—¿Mikoto-san? —escuchó que alguien la llamaba. Luchó con todas sus fuerzas por abrir sus ojos, lográndolo unos segundos después. Observó a su alrededor, parecía haber mucha luz en esa habitación.
Tragó dificultosamente saliva y observó a la mujer rubia que se encontraba de pie a un costado de ella.
—¿Cómo se siente? —le preguntó la mujer.
—¿Dónde estoy? —murmuró con la voz pastosa. Trató de identificar el lugar en el que se hallaba, pero no logró asimilarlo con rapidez.
—Se encuentra en el hospital. —le contestó la mujer—. Usted sufrió un desmayo esta mañana y una mujer la trajo aquí.
Mikoto sintió su corazón latir rápidamente y la doctora pareció darse cuenta de ello, así que puso una mano en el brazo de la mujer y le sonrió.
—No se preocupe, todo está bien. Únicamente sufrió una baja en su presión; ya le realizamos un par de estudios y con el suero que le administramos no habrá problema para ustedes —al escuchar eso, Mikoto sintió un pequeño alivio. Lo que menos necesitaba eran más gastos médicos que sabía que no podría pagar—. Estoy a punto de darle de alta, así que puede vestirse.
La dueña de los cabellos azabaches se puso de pie y caminó al pequeño armario donde se encontraba su ropa. Analizó todo lo que le había pasado ese día y aún no podía terminar de creérselo.
Terminó de colocarse su abrigo y la doctora volvió a entrar a la pequeña habitación. Se acercó a ella y le tendió la hoja que debía firmar.
—Aquí están las indicaciones de las vitaminas que debe tomarse. En su estado es muy importante que se cuide —le dijo mientras ella firmaba el documento.
—¿Mi estado? —repitió intrigada. ¿A caso estaba enferma?, la sola idea la aterró.
—Ya sabe, su embarazo —respondió la doctora como si fuese la cosa más normal del mundo—. Únicamente cuídese y todo estará bien.
Su corazón se aceleró, asintió débilmente y salió del lugar. Mientras avanzaba por el pasillo hacía el ascensor, enfundada en su ropaje invernal, su mano libre se posó sobre su vientre por mero instinto y lo acarició con maternal delicadeza, mientras unas rebeldes lágrimas rodaban por su faz, pidiendo perdón a esa inocente criatura que crecía dentro de ella por la dura vida que les esperaba.
Continuará…
¡Hola!
Como algunas saben, ésta historia la estaba publicando junto con mi hermana Rioko001, pero debido a que ella se tomará un descanso de esto de la escritura, pues decidimos que yo continúe sola con el fic.
Espero que sea de su agrado el fic.
Nos estamos leyendo.
¡Sayo!
Tsukisaku


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